Kimal–Lo Aguirre y el nuevo paradigma eléctrico

En el paradigma actual, laa líneas de transmision son como la “columna vertebral” del sistema eléctrico: grandes autopistas de electrones que supuestamente garantizan seguridad y menores precios. Sin embargo, la experiencia de las últimas décadas muestra lo contrario: más transmisión no ha significado ni tarifas más bajas ni menos apagones.

El costo de la transmisión ya representa del orden de un 40% de la cuenta de luz, y alrededor del 80% de las interrupciones masivas se asocian a problemas en la red de transmisión. Es decir, estamos pagando muy caro por una infraestructura que, además, se ha convertido en el principal punto de falla del sistema.

Del “más líneas” al “uso inteligente de la red”

En el nuevo paradigma, la transmision deja de ser el eje rígido del sistema para convertirse en lo que siempre debio ser: infraestructura de respaldo. En vez de operar permanentemente al límite de su capacidad, las grandes líneas se utilizan a mínima potencia estable, priorizando la estabilidad angular y la resiliencia frente a fallas.

Esto no significa “apagar” la transmisión, sino cambiar su rol: deja de ser un negocio de peajes basado en transportar grandes bloques de energía a larga distancia y pasa a ser un seguro sistémico, que se usa cuando realmente se necesita: ante emergencias, déficits locales o eventos climáticos extremos.

Inversiones al servicio de las personas, no de los cables

Bajo este enfoque, nuevas mega–líneas como Kimal–Lo Aguirre dejan de ser prioritarias. En lugar de seguir ampliando una red sobredimensionada, los recursos públicos y privados pueden redirigirse hacia donde generan mayor valor social:

Ahorro en inversiones: se evita la construcción de nuevas líneas de alto costo y compleja tramitación, que para ser rentables deben operar al límite de su capacidad.

Reducción de costos: al disminuir el peso de la transmisión en la estructura tarifaria, la cuenta de luz puede bajar en forma progresiva para hogares y empresas.

Impulso a la generación distribuida y al autoconsumo: se liberan recursos para instalar sistemas solares y almacenamiento en viviendas, pymes, municipios, industrias y servicios públicos.

Fomento de la resiliencia local: comunidades, ciudades y regiones dependen menos de una sola gran línea y más de su propia capacidad de generación y almacenamiento.

De autopistas de electrones a malla de resiliencia

Seguir apostando por grandes proyectos como Kimal–Lo Aguirre significa insistir en el modelo de “autopistas de electrones”, donde todo pasa por unas pocas líneas críticas: si fallan, el país se apaga. El nuevo paradigma propone algo distinto: una malla de resiliencia basada en generación local, almacenamiento distribuido y una transmisión que conecta, pero no domina.

En esta visión, la pregunta correcta no es “¿cuántos kilómetros más de línea necesitamos?”, sino “¿cuánta energía podemos dejar de transportar porque la producimos cerca de donde se consume?”. Cada kilovatio–hora que no se transmite es un kilovatio–hora más seguro, barato y limpio.

Conclusión política–estratégica

Proyectos como Kimal–Lo Aguirre ya no pueden plantearse sólo en términos técnicos de ingeniería de líneas: son una decisión estratégica de país. O seguimos atrapados en un modelo centralizado, caro y vulnerable, o damos el salto hacia un sistema donde:

La transmisión se opera como red de respaldo y seguridad, la generación se acerca a las personas y a la producción, y las inversiones se orientan a la resiliencia y a la justicia tarifaria, no sólo al retorno financiero.

En ese contexto, Kimal–Lo Aguirre se transforma en un símbolo: o lo usamos para seguir profundizando el viejo modelo, o lo dejamos como un proyecto del pasado y abrimos paso a una arquitectura eléctrica distribuida, pensada para el siglo XXI y para las personas, no para los cables.